Autocoles: la idea de Basurama para repensar los patios escolares

Construcción del "aula espacial". Fotografía de basurama.org / CCBY-NC-SA 4.0

Construcción del “aula espacial”. Fotografía de basurama.org / CCBY-NC-SA 4.0

  • Basurama lleva casi 20 años reformando espacios urbanos, reutilizando materiales y siempre de la mano de las comunidades locales
  • Ahora está llevando a cabo un proyecto de transformación de espacios exteriores de colegios
  • “Los patios son el primer espacio público en el que nos relacionamos, y donde empezamos a establecer relaciones sociales fuera de nuestras familias”

 

Reutilizar residuos es una práctica útil para el medio ambiente, pero, ¿puede servir también para reinventar el urbanismo e, incluso, tener fines pedagógicos? Basurama, colectivo que trabaja desde el arte y la arquitectura, cree que sí. Sus integrantes llevan casi 20 años recorriendo países para reformar espacios urbanos, siempre de la mano de las comunidades locales. Sus herramientas son los materiales reutilizables a los que dan una segunda vida. Después de transformar parques y otros espacios en ciudades como Buenos Aires, Lima, Niamey, Seúl o El Cairo, ahora les toca el turno a los espacios exteriores de los colegios, principalmente patios escolares. 

¿Por qué los patios? Porque estos “son el primer espacio público en el que nos relacionamos, y donde empezamos a establecer relaciones sociales fuera de nuestras familias”, explica Mónica Gutiérrez Herrero, del colectivo Basurama. Sin embargo, añade, “están diseñados desde una perspectiva que genera una desigualdad tremenda. Son ‘deportecéntricos’, lo cual genera una desigualdad primero de género y luego de edad”.

“El diseño de los patios escolares genera una desigualdad de género y de edad”

Por eso, entre sus metodologías está Autocole: un programa de transformación de espacios exteriores escolares que arrancó en 2014 y entró en colaboración con el Ayuntamiento de Madrid a partir de 2016. Se lleva a cabo con varios colegios públicos (pertenecientes a programas como Educar Hoy por un Madrid más sostenible o Madrid Salud); en cada uno de ellos se crea un “Comité del trabajo del Patio” y se escoge a alumnos de las diferentes clases para trabajar con ellos, explica Gutiérrez Herrero. Este trabajo incluye diversos temas, como el mapeado del espacio o indentificar qué cosas los niños y niñas echan de menos en sus patios, y se realiza durante las tutorías para extraer conclusiones. “Intentamos conseguir la mayor cantidad de información para a partir de esos esas necesidades o deseos”, añade. 

 

Un trabajo colectivo

 

Este proceso, que es “de transformación pero también un proceso pedagógico”, se realiza con toda la comunidad escolar: alumnos, profesores, centro directivo, comedor, bedeles, asociaciones de padres y madres… “Intentamos implicar a todo el mundo posible”, apunta Gutiérrez Herrero. Desde Basurama trabajan con los profesores dentro de sus asignaturas, en horario de clase, intentando que el proyecto de transformación del patio se vincule dentro del currículum escolar. Cada profesor lo adapta a su asignatura. Por ejemplo, cuenta Gutiérrez Herrero, si se van a construir unos columpios, el profesor de física “estudia cuánto tiene que ser de larga la cuerda para en el arco”; en clase de dibujo “estudian la perspectiva y los dimensiones del patio, hacen distribuciones espaciales”, etc. 

Y por supuesto los niños y niñas son los primeros en ser incluidos en los proyectos. Incluso los más pequeños. Para ello, las actividades “tenían que estar adaptadas a los diferentes niveles”, explica Gutiérrez Herrero. Por ejemplo, una base de arena para construir un parque de neumáticos puede hacerse fácilmente con una excavadora; sin embargo, si se le encarga esa tarea a los niños más pequeños, de tres años, permitirá que ellos pongan “la primera piedra de su futuro parque”, sostiene Gutiérrez Herrero. De ese modo, “son más conscientes de lo que cuesta y lo cuidan mejor”.

 

Dando una segunda vida a los materiales

 

A la hora de comenzar a construir, Basurama tiene acceso a materiales reutilizados gracias a su proyecto Relabs, una iniciativa con la que proponen un nuevo sistema de gestión de materiales enfocado a la reutilización. Y en el caso de los colegios también se cuenta con los recursos del propio centro, que a veces pasan desapercibidos: así es como, por ejemplo, una pizarra que ya ha sido desechada puede convertirse en una mesa de ping-pong. De ese modo no solo se transforman los objetos, sino las personas: con la actividad se busca que sus participantes se den cuenta de que ellos mismos tienen la capacidad de generar cambios en sus propios espacios. 

¿Cómo construir una cápsula de gravedad cero con residuos?

Sin embargo, la herramienta principal de esta iniciativa es la imaginación. Un buen ejemplo es el proyecto #ImaginarPatio de la Escuela Ideo, en Madrid, en el que se reformó el espacio cedido (el parking del edificio) con materiales del Matadero de Madrid: unas escaleras de madera y una tubería que formó el tobogán. Pero los niños fueron más allá: pidieron una cápsula de gravedad cero. ¿Cómo satisfacer su demanda? Los integrantes de Basurama consiguieron un bidón de 25.000 litros de agua y adaptaron en su interior una red para lograr el efecto de suspensión. “Siempre decimos que hay que soñar a lo grande”, dice Gutiérrez Herrero. 

 

Imágenes: Construcción de la cápsula. Galería de fotos de la página de Basurama en Facebook

Construcción del tobogán. Fotografía de basurama.org / CCBY-NC-SA 4.0

 

Construcción del “aula espacial”. Fotografía de basurama.org / CCBY-NC-SA 4.0

 

El último paso es certificar los parques o espacios. “No los homologamos porque no creemos que todos tengan que ser iguales, pero sí los certificamos en función de la normativa de seguridad europea”, apunta. 

 

Un proceso transformador

 

El carácter pedagógico impregna todo el proceso; por eso, tanto el de trabajo con los materiales como el de construcción lo realizan con el alumnado. A menudo, estos proyectos vienen de la mano con un cambio de perspectiva que resulta transformador.

Así, el día que llevaron a cabo una dinámica de sacar 100 sillas al patio para caminar sobre ellas de modo que nadie pudiera tocar el suelo, Gutiérrez Herrero cuenta que las niñas se daban cuenta de que ellas se colocaban en el lateral del patio y los chicos en el centro. “Se empezaron a preguntar: ¿por qué me he situado en el margen de forma directa? Porque en el recreo siempre lo haces, pero cuando lo haces fuera de tu espacio habitual empiezas a preguntarte cosas”, añade. 

El proceso completo, para ellos, empodera a los alumnos y alumnas y trabaja niveles de enseñanza informales, que no suelen enseñarse en la escuela, como la colaboración entre cursos, la resolución de conflictos, la toma de decisiones, así como a llegar a acuerdos o a defender la postura de cada uno. De ese modo, añade Gutiérrez Herrero, estas actividades ponen en valor capacidades de alumnos que en ocasiones no son tan buenos dentro de la educación formal, pero que puede ser más hábiles con las manos o con tareas creativas. Para ella, la mayoría identificamos cuáles son nuestras habilidades siendo ya adultos; hasta entonces no sabemos cuáles son nuestros intereses, o no aprendemos que nuestras carencias pueden ser suplidas trabajando en grupo, por ejemplo. “Ser capaz de identificar eso cuando eres más pequeño creo que va a generar adultos más inteligentes que nosotros”, concluye.

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