¿Qué aspecto tiene la ciudad sostenible, exitosa y saludable del futuro? Esta nueva entrega de la serie “Ciudades y niños” propone la siguiente respuesta: se parece a una Ciudad Amiga de la Infancia.

Niños y niñas jugando en la calle con juguetes antiguos / ©Rainham History

El año pasado nacieron en España 406.556 niños, 13.734 (un 3,26%) menos que en 2015. En el mismo periodo se vendieron en nuestro país más de 1.100.000 vehículos, un 10,8% más que el año anterior. Mientras el número de menores de 15 años se ha reducido hasta sumar apenas 7 millones de niños y niñas, el parque de vehículos sigue creciendo y hoy supera ya los 32 millones de unidades.

El descenso de la natalidad y la imparable expansión del coche, piedra angular del modelo de planificación urbana predominante en las últimas décadas en las grandes ciudades contemporáneas, explican en gran medida la progresiva desaparición de los niños del espacio público urbano. Sin embargo, no son los únicos elementos en la ecuación: las nuevas tecnologías, el temor exponencial de los padres, la aversión al riesgo y la acusada tendencia a primar la seguridad en las sociedades modernas son otros factores a tener en cuenta.

Especie indicadora

Mientras muchos analistas interpretan el aumento de vehículos circulando en las calles de las ciudades como indicador de prosperidad y fortaleza económica, solo unos pocos consideran la ausencia de niños en las calles como signo de decadencia. Tim Gill es uno de ellos. Escritor e investigador de origen británico, Gill sostiene la hipótesis de que la presencia de niños y niñas jugando en las calles es el mejor termómetro para medir la prosperidad. En una reciente visita a la ciudad de Filadelfia, propuso a los lectores de un periódico local el siguiente ejercicio: “Imagine que viaja en la máquina del tiempo hasta el año 2037. Al salir, comienza a explorar su ciudad. ¿Qué imágenes y sonidos le convencerían de que la Filadelfia del futuro ha prosperado?” El escritor británico tiene la respuesta: la presencia de niños jugando en el exterior.

“Niños explorando a pie, en bicicleta y en transporte público, conociendo y disfrutando de sus calles, sus parques, su ámbito más cercano y la ciudad más lejana. Niños extendiendo las alas y aprovechando esos primeros pasos para convertirse en ciudadanos activos, comprometidos y responsables. Aprendiendo todo el tiempo de sus propios esfuerzos y de sus propios errores. Como todos lo hicimos cuando éramos jóvenes”.

Los niños son, afirma Gill, una especie indicadora para las ciudades. “La presencia visible de niños y jóvenes de diferentes edades y orígenes —con y sin sus padres—, en grandes cantidades, es un signo de la salud de los hábitats humanos. Así como la presencia de salmón en un río es un signo de la salud de ese hábitat”. Desde esta perspectiva, las grandes ciudades en las que vivimos son cualquier cosa menos prósperas.

Existe un creciente número de pruebas que demuestran que en los últimos 40-50 años se ha producido una reducción alarmante de la actividad infantil independiente al aire libre. En Reino Unido, por ejemplo, como recuerda una reciente investigación, el 71% de los adultos jugaban en la calle o en el barrio cuando eran niños, en comparación con sólo el 21% de los niños de hoy. Una encuesta realizada el año pasado aporta más detalles: en promedio, los niños juegan afuera poco más de cuatro horas a la semana, en comparación con las 8.2 horas semanales que los adultos encuestados jugaban en la calle cuando eran niños. A principios de está década, apenas el 25% de los alumnos de primaria ingleses tenían permiso para volver solos a casa, en comparación con el 86% de 1971.

¿De quién es la culpa de esta perdida de libertades en la vida cotidiana infantil? Gill advierte contra la tentación de culpar a los padres, quienes habitualmente prefieren que sus niños pasen las horas libres ocupados con actividades extraescolares antes que jugando con sus amigos en las calles o parques del barrio. “Cuando los padres miran hoy en día desde sus puertas, ven un mundo que en el mejor de los casos es indiferente a sus hijos y, en el peor, hostil. Y no es de extrañar, gracias al implacable crecimiento del tráfico o a la degradación de los parques y los espacios verdes”.

Por supuesto hay excepciones. En estas páginas se han expuesto algunas de ellas en países como Canadá, Alemania o Japón. Gill menciona otros casos, como los niños que van solo a la escuela en el metro de Tokio, o los padres que están mas vistos en Suiza si no dejan que sus hijos vayan solos a la guardería.

En última instancia, el investigador británico se pregunta qué aspecto tiene la ciudad sostenible, exitosa y saludable del futuro. La respuesta es que se parece a una Ciudad Amiga de la Infancia.

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