© Myles Tan / Unsplash

Al inicio de una de las charlas TED más visionadas de la historia, el antropólogo Simon Sinek planteaba la siguiente pregunta: ¿Qué tienen en común Martin Luther King, la empresa Apple o los hermanos Wright? “Todos ellos”, respondía, “piensan, actúan y comunican exactamente de la misma manera… que es justo la contraria a la de todos los demás”.

Mientras la inmensa mayoría de personas y organizaciones prestan más atención a los resultados (QUÉ) que a los procesos (CÓMO) y los motivos profundos (POR QUÉ), los líderes más influyentes y las compañías más innovadoras funcionan exactamente al revés. “Cada persona y cada organización del planeta sabe positivamente lo que hace. Algunos saben, además, cómo lo hacen […] pero pocos, muy pocos, saben por qué hacen lo que hacen”, afirma.

El porqué es, para Sinek, la clave de una forma de ver el mundo que se puede plasmar en una figura geométrica, el círculo de oro, formada por tres circunferencias concéntricas con tres preguntas: qué, cómo y por qué. La clave es esta última, y a partir de ahí se van respondiendo las demás.

Aunque son incontables las personas y organizaciones que han intentado aplicar el círculo dorado para mejorar sus cuentas de resultados, hasta ahora no se había utilizado para dotar a la planificación urbanística de una auténtica perspectiva de infancia. Ha sido un geógrafo urbano de origen holandés, Gerben Helleman, quien se ha basado en la idea de Sinek para desarrollar un modelo que define paso a paso el camino para impulsar la jugabilidad en los espacios urbanos.

Ciudades jugables

“Cuando pensamos en espacios públicos amigables con los niños, generalmente empezamos con las preguntas equivocadas. Tendemos a centrarnos en agregar atributos de juego a las zonas de juego existentes, pero para elegir las acciones correctas debemos comenzar por observar los objetivos principales”, sostiene Helleman,  que ha diseñado una especie de círculo dorado del juego en el exterior.

Según este modelo, el propósito es estimular el juego en el exterior “porque mejora la salud de los niños, enriquece sus habilidades y, sobre todo, les da placer (POR QUÉ). Estos objetivos más elevados solo se pueden lograr cuando se crean las condiciones adecuadas (CÓMO). Por ejemplo, los espacios públicos deben ser accesibles, atractivos, desafiantes, diversos y atractivos. Las diferentes acciones y esfuerzos (QUÉ), como el diseño, la programación y el pedido de equipos, son el resultado de estos objetivos secundarios y no al revés.”

El camino hacia la ciudad jugable pasa por adoptar un enfoque integral que tenga en cuenta de manera continua y conjunta las razones, los procesos y los resultados previamente definidos en el círculo, partiendo del porqué para actuar de forma simultánea en las distintas esferas.

Por qué

De las 12 razones incluidas en su modelo para explicar por qué es importante dotar a las ciudades de espacios para el juego y esparcimiento infantil, Helleman destaca tres: el juego ayuda a los niños a desarrollar habilidades cognitivas, motoras y sociales; les proporciona placer y mejora su salud.

Sobre al primero de los motivos, el autor considera que los espacios públicos son “laboratorios donde los niños aprenden de múltiples maneras”, por ejemplo “observando e identificando diferentes objetos, formas y colores, o experimentando velocidad y equilibrio en una bicicleta, columpio o tobogán”. Asimismo, añade el experto holandés, al interactuar y colaborar con otras personas, los niños “desarrollan normas y valores sociales”.

Además de ser una herramienta fundamental para el aprendizaje, jugar es sobre todo placer y diversión, apunta el experto, “una actividad agradable en la que los niños pueden explorar el mundo en sus propios términos” y crear su propia identidad.

En tercer lugar, jugar en el exterior también influye positivamente en la salud infantil. El ejercicio físico, ya se trate de niños o de adultos, “fortalece los huesos, la capacidad pulmonar y la resistencia”, además de contribuir a mantener un peso equilibrado y reducir el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas. Y quienes tienen la oportunidad de jugar en el exterior, infiere Helleman, generalmente realizan más ejercicio y respiran más aire fresco, lo que repercute en que comen y duermen mejor y faltan menos a la escuela a causa de enfermedades.

Cómo

Una vez completado el círculo interior con las razones profundas que deben inspirar a los planificadores urbanos a la hora de construir espacios públicos para el ocio infantil, el siguiente paso es identificar la mejor manera de llevarlo a cabo. Para Helleman, los espacios amigables para la infancia son mucho más que meras zonas de juego, y expone dos razones: en primer lugar, porque hay muchos factores que pueden desalentar a los niños a acudir a estos espacios, como una mala accesibilidad, una estética desacertada, la falta de amigos con los que jugar o de rutas seguras por las que transitar. El segundo motivo es que los niños, cuando se dan una serie de condiciones, pueden jugar en cualquier parte: plazas, parques, aceras anchas, calles peatonales, patios escolares, etc. Ellos dan su propia función a cada uno de estos lugares. Pero para hacerlo, según este autor, deben cumplirse al menos 10 condiciones previas.

En primer lugar, los espacios públicos destinados al ocio infantil deben ser accesibles, preferiblemente a pie y en bicicleta, y no estar lejos ni de las zonas residenciales ni de otros lugares de referencia como las escuelas, tiendas o parques, de forma que los niños puedan desplazarse incluso si no están acompañados por sus padres. Para que esto sea posible, tanto las zonas de esparcimiento como las vías de acceso deben ser seguras, de forma que los niños puedan explorar y deambular sin ningún riesgo y los padres y cuidadores sentirse tranquilos.

En cuanto al espacio público en sí, este debe ser atractivo, tanto para los niños como para sus padres, teniendo en cuenta aspectos estéticos y naturales para cuidar el paisaje, con árboles para dar sombra o estanques para atraer diferentes especies de aves. También, gracias a una adecuada limpieza y mantenimiento, se garantizará su máxima habitabilidad. La comodidad que proporciona contar con unos buenos servicios es otro factor a tener en cuenta, como también lo es la variedad de juegos y actividades —cuantas más cosas se puedan hacer, mayor será la diversión— adaptados a niños y niñas de diferentes edades.

Las zonas de juego infantil deben ser también estimulantes, lugares con elementos emocionantes que fomentan la aventura, la exploración y la imaginación. Y por supuesto tentadoras y apetecibles, espacios abiertos y de acceso gratuito donde los niños pueden ser ellos mismos y tener la libertad de elegir sus propias actividades.

La otra condición a tener en cuenta, y que da sentido a todas las demás, es el tiempo, un bien cada vez más escaso debido a las crecientes obligaciones de los niños en la escuela y fuera de ella (deberes, actividades extraescolares…) y a las alternativas que compiten cada vez más con el juego en el exterior (televisión, videojuegos, internet, etc.). Por todo ello, apunta el autor holandés, es importante que padres, maestros y planificadores urbanos ayuden a motivar a los niños para salir a jugar al exterior.

Y, por último: Qué

Una vez expuestos los motivos y las condiciones para impulsar la jugabilidad de los espacios públicos, queda definir las acciones específicas para crear espacios públicos vibrantes y atractivos. Es la circunferencia exterior del círculo dorado del juego y su autor ofrece más de 100 medidas y ejemplos concretos.

En algunos casos se trata de intervenciones a gran escala, transformando los entornos urbanos para devolver a peatones y ciclistas espacios colonizados por los coches o el urbanismo desproporcionado. Pero la mayoría de las veces se trata de pequeñas acciones de bajo coste que pueden producir grandes mejoras. Por ejemplo, la habilitación para nuevos usos de espacios ya existentes, aumentar la cantidad de aparcabicis disponible, cerrar calles al tráfico los fines de semana, mejorar la señalización, grabar marcas de juego en espacios pavimentados, proporcionar lugares de descanso cómodos para los padres, etc.

Pero sobre todo, señala Helleman, lo más importante es el cambio de mentalidad. Si para algo debe servir el círculo dorado del juego es para entender que los niños, cuando se les permite y facilitan las condiciones, en realidad pueden jugar en cualquier lugar. Y en ese sentido, recuerda, “el viaje es tan importante como el destino, en sentido figurado y literal. Por lo tanto, si queremos ciudades amigas de la infancia, también debemos priorizar el tráfico lento con aceras suficientemente amplias y carriles separados y protegidos para el ciclismo”.

Por último, el autor reivindica un enfoque centrado en la persona, “la escala humana como punto de partida para la arquitectura, el diseño de calles y la organización de espacios públicos”, lo que implica alinear las infraestructuras a las proporciones de los ciudadanos y de los niños y niñas en particular.

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