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- Un informe alerta del impacto que tiene en la juventud la falta de acceso a vivienda digna, un problema que afecta a 3.400 millones de personas en todo el mundo.
La dificultad para acceder a una vivienda digna condiciona la salud mental y las expectativas de futuro de toda una generación. Y el problema afecta especialmente a la juventud, que ve limitada su capacidad para desarrollar proyectos de vida y alcanzar la independencia.
Así lo revela el nuevo informe Habitar la incertidumbre: vivienda, juventud y malestar estructural de Oxfam Intermón y el Consejo de la Juventud de España, que ilustra el problema con algunos datos: cuando el coste del alquiler supera el 50% de los ingresos, el impacto sobre la salud mental se duplica. El 42% de las personas jóvenes afectadas por la crisis de la vivienda percibe su salud mental como regular o mala y el 63,5% de quienes viven en situación de carencia material severa ha experimentado problemas psicológicos.
Cuando el coste del alquiler supera el 50% de los ingresos, el impacto sobre la salud mental se duplica
El informe muestra que el problema afecta principalmente a quienes intentan independizarse. Según el apartado elaborado por el Consejo de la Juventud de España, la emancipación juvenil atraviesa su peor momento: apenas alcanza el 14,5%, frente al 26% registrado en 2008, antes de la crisis financiera. Uno de los factores es que la juventud actual vive mayoritariamente de alquiler y no en propiedad, lo que dificulta aún más el acceso a una vivienda estable.
Por ello, el informe reclama medidas que atiendan el deterioro de la salud mental de la juventud y, al mismo tiempo, políticas de vivienda que hagan efectivo el derecho a una vivienda digna. Como se recordó en el Séptimo Congreso de Ciudades Amigas de la Infancia, una vivienda adecuada es un derecho humano, y medidas como la Garantía Europea suponen una oportunidad de avanzar en su garantía.
“Una crisis que concierne a toda la humanidad”
La vivienda es mucho más que un refugio: constituye la base de la salud, las oportunidades, la seguridad y una vida digna, como recuerda ONU-Hábitat. Sin embargo, el acceso a ella se ha convertido en un problema global. Actualmente, 3.400 millones de personas carecen de una vivienda adecuada; más de 1.000 millones viven en asentamientos informales y barrios marginales y más de 300 millones se enfrentan a la falta de hogar. Los conflictos, el cambio climático y la rápida urbanización siguen agravando esta crisis habitacional.
“Este no es el problema de los otros. Es un problema que afecta a nuestras comunidades, nuestras ciudades, nuestras vidas, nuestras familias y nuestros amigos, sin excepción. Es una crisis que concierne a toda la humanidad”. Con estas palabras, Edlam Abera Yemeru, directora del Programa de Conocimiento e Innovación de ONU-Hábitat, resumía el alcance del desafío durante el encuentro Restoring Dignity: Adequate Housing for All, celebrado el 10 de julio en la sede de Naciones Unidas, donde se replanteó el Objetivo de Desarrollo Sostenible 11.1 como una cuestión de dignidad y un derecho humano fundamental.
Este es el plan europeo para la crisis de acceso a la vivienda
El encuentro concluyó con un llamamiento a impulsar una respuesta colectiva para garantizar el acceso universal a una vivienda adecuada. “El cambio es posible, está ocurriendo y está siendo impulsado, en particular, por mujeres y organizaciones de base. Necesitamos llevar ese cambio a mayor escala”, señaló Yemeru.
Uno de los testimonios que mejor refleja esta realidad es el de Elizabeth Byrd, activista por el derecho a la vivienda en Nueva York y madre soltera de seis hijos, con quienes vivió durante cinco años en un albergue.
“Para mis hijos, el albergue era su hogar. Donde estuviera mamá, allí estaba el hogar. Pero, personalmente, sentía que vivir allí era como estar en una prisión: había toque de queda, reglas, inspecciones y no podías tener ni un microondas ni un aire acondicionado en la habitación. Tampoco se permitían visitas”, comparte Byrd durante el evento. A esa situación se sumaban las amenazas constantes de que los servicios de protección infantil podrían intervenir por no disponer de una vivienda adecuada.
Con el tiempo descubrió que habría podido acceder antes a una vivienda si hubiera recibido la información necesaria. Buscó un estudio donde vivir con sus hijos sin saber muy bien cómo pagar el elevado alquiler. “El sistema nos falló, pero yo no podía fallarles a mis hijos”, afirma. Después de un año viviendo en un estudio y de contactar con distintas organizaciones, dejó de pagar el alquiler y consiguió un vale de vivienda a través del sistema judicial.
Para Anacláudia Rossbach, directora ejecutiva de ONU-Hábitat, el caso de Byrd ilustra la realidad de millones de personas que no tienen garantizado el derecho a la vivienda. A su juicio, el hecho de que solo encontrara una solución cuando empezó a acercarse a organizaciones demuestra “el poder de organizarnos y de influir realmente en las políticas públicas”.
“Una gran parte de la población no dispone de un espacio público o de un parque al que pueda acudir. Sin embargo, eso forma parte intrínseca de una vida digna”
El cambio de hogar supuso para Byrd y su familia también un nuevo entorno. “Nunca llevaba a mis hijos al parque del barrio porque no quería que vieran agujas ni otras cosas que había en esos parques. Cuando nos mudamos al apartamento de dos habitaciones, les dije a mis hijos: “Vamos al parque”. Me miraron como diciendo: “¿De verdad?”. Y les dije: “Confiad en mí, os va a encantar”. Y así fue”.
Rossbach subraya que ese detalle refleja otra dimensión de la crisis de la vivienda: el acceso al espacio público. “Es precisamente uno de los indicadores que, según uno de nuestros últimos informes, muestra una situación preocupante. Una gran parte de la población no dispone de un espacio público o de un parque al que pueda acudir. Sin embargo, eso forma parte intrínseca de una vida digna”.

Crédito: mariamontoyart
Vivienda para cambiar una vida
¿De qué manera la falta de una vivienda adecuada conduce a la pérdida de la dignidad humana? Rossbach comparte también la historia de una mujer del norte de Brasil que obtuvo una vivienda gracias al programa público Minha Casa, Minha Vida. “La conocí durante una reunión en la que se discutía el informe para la Nueva Agenda Urbana. Algunos críticos afirmaban que ese programa construía viviendas que no eran atractivas, que eran feas, que no estaban bien ubicadas y que tenían muchas limitaciones. Entonces, esta mujer se levantó y habló con una fuerza extraordinaria. Dijo:
«Ustedes no tienen idea de cómo era mi vida antes de tener esta casa. Esta casa que a ustedes les parece fea cambió mi vida. Antes tenía que pasar los días cargando agua porque no tenía acceso al agua corriente. Ese esfuerzo físico afectó mi salud y ahora tengo problemas de por vida. Mis hijos no podían ir a la escuela porque tenían que venir conmigo a cargar agua. Hoy el agua sale del grifo. Ahora tengo tiempo libre, puedo trabajar. Mis hijos pueden ir a la escuela. Regresan a un hogar seguro, pueden comer con tranquilidad y estudiar».
“Para las mujeres existen muchísimos aspectos que permanecen invisibles y que con frecuencia no vemos. Por eso considero tan importante ampliar las perspectivas cuando pensamos en los desafíos del ODS 11 y en los próximos diez años de implementación de la Nueva Agenda Urbana”, añade Rosbck.
La directora ejecutiva recuerda también el caso de varias familias que vivían en una favela de São Paulo, sometidas a desalojos continuos y sin una dirección que les permitiera escolarizar a sus hijos. Una de ellas decidió organizarse y buscar apoyo en distintas organizaciones. Desde ONU-Hábitat les ayudaron a acceder a la información y entrar en contacto con las personas y las instituciones adecuadas. Gracias a ello, pudieron dialogar con el alcalde, quien a su vez trabajó con el gobierno nacional.
“Aquellos niños que antes ni siquiera podían asistir a la escuela hoy se han graduado de la universidad. Sus vidas se transformaron por completo”
“Entre todos lograron movilizar los recursos necesarios para mejorar el barrio”, dice. “Toda la zona fue urbanizada. Se construyeron edificios de vivienda de mediana altura y densidad. Las familias pasaron de vivir en chozas a vivir en apartamentos dignos. Hoy esa familia sigue viviendo en el mismo barrio. Se les reconoció el derecho a permanecer allí y, después de muchos años de espera, recibieron finalmente los títulos de propiedad. Aquellos niños que antes ni siquiera podían asistir a la escuela hoy se han graduado de la universidad. Sus vidas se transformaron por completo”. Cree que esa historia es “una demostración del poder de la organización comunitaria, de acceder a la información correcta, al conocimiento adecuado y de conectar con las personas indicadas para poder transformar la propia vida”.
La juventud, protagonista
La necesidad de implicar a las nuevas generaciones centró la parte final del encuentro. Calvin Santoso, delegado juvenil de Indonesia y fundador de Invest Kids Initiative, recordó que la juventud heredará las ciudades que se están diseñando hoy y planteó cómo integrar directamente a los jóvenes en los procesos de planificación urbana y toma de decisiones.
Rossbach considera que el primer paso consiste en hablar su mismo lenguaje. Como ejemplo cita el programa Block by Block de ONU-Hábitat, mediante el cual jóvenes participan en el diseño de parques, espacios públicos y lugares de encuentro utilizando herramientas participativas.
“No podemos pensar que en el futuro viviremos igual que vivimos en el pasado”, concluye. “No podemos asumir que mis hijos, sus hijos o mis futuros nietos vivirán como vivieron mis abuelos. Estamos llegando a los límites del consumo de suelo y de la expansión urbana. Por eso necesitamos encontrar nuevas maneras de concebir las ciudades, nuevas ideas y nuevas aspiraciones. Tenemos que crear canales sólidos de participación en todos los niveles: en las ciudades, en los gobiernos nacionales y también en ONU-Hábitat, para que la juventud pueda contribuir activamente a construir el futuro”.





