“El estigma está haciendo de freno y obstáculo para pedir ayuda”

16/10/2026 | Salud mental

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Carmen, Mª Ángeles Espinosa, Pilar Ramos, directora del barómetro y Carlos, tras la presentación del informe. UNICEF España

 

 

Los sentimientos de soledad y tristeza entre los adolescentes se acentuaron entre 2018 y 2022, mientras que el estigma continúa siendo una barrera para reconocer los problemas de salud mental y buscar apoyo. Es el panorama que pinta el informe de UNICEF España  La salud mental sí es cosa de adolescentes. Hablemos de bienestar y estigma, presentado el 15 de octubre y que une datos de la 4ª edición del Barómetro de Opinión de la Infancia y la Adolescencia de UNICEF España  y del Estudio HBSC en España.

Los datos hablan por sí mismos: el 41,1% de los adolescentes declara haber tenido o cree haber tenido un problema de salud mental en el último año. Entre ellos, el 36,9% no habló con nadie de lo que le ocurría y el 51,4% no pidió ayuda. Cuando se analiza únicamente a adolescentes de ESO (12-16 años), el 18,8% afirma con seguridad haber tenido un problema de salud mental, de los cuales el 39,6% no se lo contó a nadie y el 53% no pidió ayuda.

 

El 41,1% de los adolescentes cree haber tenido un problema de salud mental en el último año, el 36,9% no habló con nadie y el 51,4% no pidió ayuda

 

Los niveles de bienestar permanecieron estables entre 2006 y 2018, pero en 2022 se registra “una caída sin precedentes”, como explica Pilar Ramos, profesora del departamento de Psicología evolutiva y de la educación de la Universidad de Sevilla y directora del barómetro, en la presentación del informe.

 

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Entre 2018 y 2022 se observa un empeoramiento en los diez indicadores analizados:

 

  • Las chicas presentan peor bienestar que los chicos en todas las ediciones.
  • Entre 2018 y 2022 el bienestar de los chicos cae 0,14 puntos, mientras que el de las chicas cae 0,41
  • El nivel socioeconómico de la familia también se relaciona claramente con el bienestar. En 2022, el alumnado de familias con menos recursos declara un bienestar más bajo (3,26) que quienes viven en hogares de nivel medio (3,49) o alto (3,54).
  • Quienes dicen tener tiempo suficiente para sí mismos pasa del 52,9% al 36,7%.
  • La capacidad de atención y concentración desciende del 55,0% al 40,1%.
  • La proporción de quienes se sienten solos aumenta del 7,0% al 13,6%.
  • La proporción de quienes se sienten tristes aumenta del 11,9% al 19,5%.

 

¿Por qué caen los niveles de bienestar?

 

“Creemos que la pandemia de COVID tuvo mucho que ver: se vio afectada la convivencia, las rutinas, la capacidad de relacionarse. Creemos que la adolescencia sufrió a consecuencia”, explica Ramos. Pero aclara que es un fenómeno multicausal: otros factores que influyen pueden ser el mayor uso de pantallas entre los jóvenes, que “resta tiempo a otras actividades que son clave para su desarrollo, situaciones en las que los chicos tienen oportunidad para desarrollar habilidades, convivir de manera directa con sus iguales”, y también una sociedad competitiva y cada vez más polarizada.

 

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Carmen y Carlos, miembros del órgano de participación infantil y juvenil de La Rinconada (Sevilla), aclaran que se sienten escuchados, “pero a veces la familia no te echa tanta cuenta, te sientes más solo”, dice Carmen, de 13 años.

Carlos (de 15 años) afirma haber observado que hay gente en su entorno que se siente sola y triste, “es por muchas causas, por la pandemia en la que no nos hemos relacionado. También ahora hay mucha competencia para todo, te hace sentir mal, a lo mejor no llego a tal cosa, me van a quitar el puesto de trabajo”.

 

“Por un lado sobrediagnosticamos cosas que son normales, pero al mismo tiempo no detectamos casos patológicos. Son dos realidades que están conviviendo”

 

Ramos advierte, además, de que se está produciendo un fenómeno de dos caras: “Por un lado sobrediagnosticamos cosas que son normales, pero al mismo tiempo no detectamos casos patológicos. Son dos realidades que están conviviendo”, dice. “Nos lo han dicho los expertos entrevistados. Creemos que por cuestiones de la edad hay cada vez más demanda hacia los servicios de salud mental, pero no es así. La realidad es que están quedándose en el camino muchos casos infradiagnosticados, que no llegan a pedir ayuda y no se llegan a tratar. Chicos y chicas que están sufriendo, y están en todo su derecho a ser atendidos”.

 

Un entorno protector para la infancia

 

La presidenta de UNICEF España, Mª Ángeles Espinosa, coincide en que es un fenómeno que tiene muchas causas, entre ellas, “las situaciones familiares, cada vez hay más problemas económicos en las familias, problemas laborales, situaciones de vulnerabilidad. Todo eso genera unos entornos familiares de inestabilidad emocional”.

 

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Por ello, desde UNICEF España destacan “la necesidad de promover entornos familiares, educativos, comunitarios que potencien los factores protectores. Si todos contribuimos a generar un entorno protector, estaremos fomentando el bienestar emocional. La salud mental es un derecho de todos los niños y niñas para crecer sanos”.

 

El informe incluye las recomendaciones de UNICEF España hacia los diferentes actores. A las administraciones públicas, pide situar la salud mental adolescente en el centro de las políticas de infancia, impulsar unidades multidisciplinares de salud mental e incorporar la participación de los jóvenes a las decisiones que les afectan.

En el ámbito educativo, que los centros sean espacios en los que resulte fácil pedir ayuda, previniendo y detectando tempranamente el acoso escolar y garantizando que las figuras de orientación, como los coordinadores de bienestar, sean realmente accesibles.

Al sistema sanitario, que se reduzcan los tiempos de espera, garantizando profesionales formados específicamente en salud mental infanto-juvenil y asegurando que tanto la atención primaria como los servicios especializados cuentan con profesionales suficientes.

Por último, a las familias les pide “escuchar y acompañar” a sus hijos, darles información sobre las señales que requieren atención y sobre cómo responder ante ellas, con especial atención a los hogares en situación de vulnerabilidad.

 

El estigma que pervive

 

Uno de los hallazgos más preocupantes del estudio es la resistencia del estigma que hace que muchos chicos y chicas no pidan ayuda cuando la necesitan. Aquellos jóvenes que muestran menos “actitudes de rechazo, distanciamiento, prejuicio o paternalismo hacia las personas con problemas de salud mental”, como describe el informe el concepto de estigma, identifican más fácilmente problemas de salud mental y recurren a ayuda profesional.

 

Aquellos jóvenes que muestran menos estigma identifican más fácilmente problemas de salud mental y recurren a ayuda profesional

 

¿Hablan más los adolescentes de sus problemas? “Sí, ya sea con amigos, quizá con los familiares menos porque les da miedo o vergüenza”, dice Carmen. “Antes la salud mental era tabú, casi ni se trataba en los institutos, ahora nos dan charlas”, dice Carlos. Por eso, si un amigo tuviera problemas de salud mental, “yo creo que le intentarían ayudar o preguntarían qué te pasa, pero también hay gente mala que te haría sentir mal. Pueden pensar que si lo cuentan le van a llamar rarito. Pero creo que no san dado tantas charlas y estamos bien informados, intentaríamos ayudarle”.

Ambos aportan ideas sobre cómo sería más fácil pedir ayuda: “Que se normalice pedir ayuda, que den más charlas o talleres, y que por ejemplo el despacho de la orientadora del instituto no esté en un sitio tan transitado”, propone Carmen.

 

“Las generaciones anteriores tienen más estigma: vienen de una generación en la que mostrar malestar significaba ser más débil”

 

“Lo curioso es que en el informe anterior vimos que ellos percibían más estigma en los adultos que en ellos mismos”, dice Ramos. “Las generaciones anteriores tienen más estigma: vienen de una generación en la que mostrar malestar significaba ser más débil. El estigma está disminuyendo pero sigue presente, y el problema es que está haciendo de freno y obstáculo para pedir ayuda, es el tema que más nos preocupa”.  Y añade que “este descenso de bienestar no significa que estemos ante una generación de cristal. Sentirse peor no equivale a tener menos fortaleza”.

 

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