Con este artículo inauguramos la serie “Las ciudades y los niños” sobre la adecuación de los espacios urbanos a las necesidades específicas de la infancia en las ciudades contemporáneas. A través de experiencias innovadoras en países como Japón, Canadá o Alemania trataremos de averiguar si la idea de una ciudad para los niños sigue siendo un sueño o puede ser realidad.

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Si pudieran elegir, ¿en qué ciudad vivirían los niños? ¿Se establecerían en los centros urbanos o en las afueras? La pregunta tiene trampa, claro, ya que son los padres quienes deciden el lugar de residencia de los hijos, pero supongamos por un momento que los adultos escogieran el lugar donde vivir en familia en función de cómo se adecúe a las necesidades infantiles.

¿Qué tipo de criterios prevalecerían? ¿Urbanísticos, arquitectónicos, económicos? ¿Darían más importancia a la seguridad, a la calidad de las escuelas, a la existencia de parques y zonas peatonales? En definitiva, ¿cómo se determina el grado de amabilidad de un área urbana respecto a las necesidades específicas de la infancia?

Para responder a esta pregunta, en los países anglosajones existe el denominado “test del polo” (the Popsicle test): si un niño o una niña de ocho años es capaz de ir caminando desde su casa hasta la tienda más cercana, comprar un polo y volver a casa antes de que se derrita, se trata de una zona amigable para la infancia (child friendly). Para sacar buena nota en esta prueba, por tanto, aparte de la seguridad y la existencia de aceras transitables y calles con poco tráfico se valora la presencia del comercio de proximidad, algo habitualmente escaso en las zonas más residenciales. (De hecho, un estudio del Surface Transportation Policy Project descubrió que una típica madre de las afueras de una ciudad estadounidense pasaba el equivalente a 17 días completos al año en el coche llevando a sus hijos de aquí para allá. Más tiempo, según los resultados de este informe, del que se dedica en una familia cualquiera a bañar o alimentar a un hijo).

La “prueba del BOE”

Otra forma de medir el nivel de amigabilidad infantil de las ciudades sería consultar el BOE del 31 de diciembre de 1990, en la parte donde dice “Instrumento de Ratificación de la Convención sobre los Derechos del Niño”. En la página 39000, bajo el epígrafe “Artículo 31” se lee lo siguiente: “Los Estados Partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes.”

Mientras que muchas localidades pueden enorgullecerse de sacar buena nota en el “test del polo”, pocas (por no decir ninguna) sacarían buena nota en la que podríamos denominar “prueba del BOE”. Como señalan los expertos, “las ciudades en muchos casos se han convertido en espacios hostiles y peligrosos para el juego. Han ido desapareciendo los lugares sin urbanizar y se han arreglado ‘territorios blandos’ y visibles con juegos uniformes y estandarizados.”

Vivimos en un mundo donde la presencia del niño en el espacio público es menguante. En parte por el desarrollo de las nuevas tecnologías y en parte por el peso creciente de la reducción del riesgo en la concepción de las políticas públicas, se está produciendo una sustitución progresiva del esparcimiento al aire libre por los juegos en recintos cerrados o virtuales.

La ciudad de los niños, ¿sueño o realidad?

En la mayoría de ciudades contemporáneas, la planificación, el diseño, la construcción y la distribución de los espacios públicos y privados se conciben al margen de las necesidades y los derechos de la infancia. La idea de tomar a los niños como parámetro a partir del cual construir una ciudad más amable y accesible para los ciudadanos de todas las edades parece, por todo ello, lejos aún de cristalizarse.

Sin embargo, algunas experiencias buscan demostrar que la ciudad de los niños no es una quimera sino un proyecto factible capaz de reportar múltiples beneficios a la sociedad. En próximos artículos conoceremos escuelas donde el aprendizaje y el juego se unen en un entorno amigable y sin barreras, desarrollos inmobiliarios donde los niños juegan un papel crucial en la distribución de los espacios, ciudades donde las zonas de juego no son islas urbanas sino espacios interconectados pensados para el esparcimiento intergeneracional. Lugares todos ellos donde tomar un helado sin que se derrita y “consultar” el BOE sin sonrojarse, más que un sueño, son una realidad.

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