Los números son elocuentes. Los niños y niñas de hoy juegan al aire libre apenas la mitad de tiempo de lo que lo hacían sus padres cuando tenían su edad: 4 horas semanales frente a algo más de ocho, según un reciente estudio publicado en Reino Unido. En promedio, según apunta otra investigación, los chicos y chicas de entre 10 y 16 años dedican menos de 15 minutos al día a realizar actividades al aire libre que requieren un gran consumo de energía, en comparación con las más de 10 horas diarias que consumen en actividades que requieren escasa o ninguna movilidad.

De los diferentes factores que explican esta creciente sedentarización de la infancia se ha escrito extensamente: el auge del ocio tecnológico que ha desplazado el eje de la diversión de las calles y parques a las pantallas, el urbanismo especulativo, la cultura de la sobreprotección a la infancia… El Comité de los Derechos del Niño abordaba este fenómeno en una de sus Observaciones Generales, preocupado por el escaso reconocimiento que los Estados otorgan al derecho a jugar y otros derechos contenidos en el artículo 31.

Demasiada pantalla

Según observa el Comité, “los niños de todas las regiones del mundo dedican cada vez más tiempo a jugar y realizar actividades recreativas, culturales y artísticas, como consumidores y como creadores, a través de distintos medios y plataformas digitales”. Aunque estas nuevas tecnologías aplicadas al ocio reportan grandes beneficios, el órgano de Naciones Unidas alerta de que “la creciente dependencia de las actividades en pantalla parece estar asociada con menores niveles de actividad física de los niños, perturbaciones del sueño, mayores índices de obesidad y otros trastornos conexos”

Desequilibrio

Respecto a la cultura del miedo y la aversión al riesgo cada vez más asociada a la figura del progenitor actual, el Comité señala que “los temores por los riesgos físicos y humanos a que se ven expuestos los niños en sus entornos locales están conduciendo, en algunas partes del mundo, a niveles crecientes de supervisión y vigilancia, con la consiguiente restricción de la libertad de jugar y de las oportunidades de recreación”. En ese sentido, continúa,  “debe buscarse un equilibrio entre las medidas adoptadas para reducir los peligros inaceptables en el entorno del niño, como el cierre de algunas calles al tráfico, la mejora del alumbrado público o la creación de campos de juego escolares debidamente delimitados, por una parte, y la labor de informar a los niños, dotarlos de los medios necesarios y empoderarlos para que tomen las precauciones necesarias a fin de aumentar su seguridad, por la otra.”

Y en cuanto al urbanismo, el Comité considera que “en un mundo cada vez más urbanizado y privatizado, el acceso de los niños a parques, jardines, bosques, playas y otras áreas naturales se va reduciendo, y los niños de las zonas urbanas de bajos ingresos son los que tienen más probabilidades de carecer de un acceso adecuado a espacios verdes”.

Soluciones

Conocido el diagnóstico, llega el tiempo de las soluciones para fomentar el derecho a jugar al aire libre. Adrian Voce, presidente de la Red Europea de Ciudades Amigas de la Infancia, ha desarrollado un decálogo con algunas claves para lograr una ciudad jugable.

1. La primera medida pasa por poner fin al dominio del tráfico rodado en las calles donde vive la mayoría de los niños. Las áreas peatonales, las zonas residenciales y las calles para jugar deberían ser la norma, y no la excepción, en las comunidades urbanas.

2. Priorizar el elemento de diseño del espacio público y la vivienda en los nuevos desarrollos urbanísticos, de forma que los espacios y posibilidades lúdicas queden integradas dentro del entorno construido.

3. Romper el molde del patio de recreo público: el espacio para jugar de los niños no debe definirse con cercas, superficies de seguridad y equipos, sino que debe integrarse a través de un paisaje habitable e intergeneracional.

4. Permitir que el espacio no planificado evolucione de acuerdo con el uso de las comunidades. Esto tenderá a dar lugar a los “campos de acción libre” espaciales que los niños pueblan y animan con su juego.

5. Construir y personalizar zonas de juego más tradicionales (acotadas), especialmente en las áreas más desfavorecidas, donde el espacio público seguro es escaso.

6. Hacer que los parques puedan ser utilizados por todos los colectivos, incluidos los adolescentes, ya que hay demasiados parques públicos que, en la práctica, resultan espacios vetados para los jóvenes.

7. Hacer que los servicios de guardería sean realmente amigables para los niños (a diferencia de los padres), al dotarlos de trabajadores calificados. Los asistentes docentes, por muy dedicados que sean, tienden a aplicar el mismo régimen de comportamiento que opera en el aula, lo que hace que algunos niños realicen 8 horas o más de clases por día.

8. Garantizar que los niños sean bien recibidos en los espacios públicos prohibiendo los denominados “dispositivos moquito”, fomentando el juego en el exterior y reformulando la definición de lo que se entiende por comportamiento antisocial.

9. Abrir los terrenos de la escuela para jugar en el vecindario. Las escuelas son, con mucho, el mayor receptor de fondos públicos para niños, y sin embargo son “subutilizadas” de forma masiva como activos comunitarios, están cerradas y fuera del alcance para todos los que no asisten, incluso cuando se acaba la escuela.

10. Desarrollar rutas seguras a escuelas, parques y zonas de juego. La movilidad es clave: la ciudad jugable y amigable para los niños debe tener una red de rutas seguras, accesibles y familiares para brindar a los niños la conectividad que los adultos dan por sentada.

Artículos relacionados

¡Compártelo!
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter