Decía Pablo Picasso que tardó solo unos años en aprender a pintar como los grandes artistas del renacimiento, pero “pintar como los niños me llevó toda la vida”. La frase la recordaba el pedagogo Francesco Tonucci, ideólogo de “La ciudad de los niños”, en un reciente encuentro en Barcelona sobre infancia y participación política en Cataluña. “Los niños no son mejores que nosotros, ni tampoco saben más, pero es evidente que son diferentes”, dijo Tonucci. “Escucharlos”, añadió, “tiene un valor añadido y emblemático, porque enriquece la democracia y, además, los niños no sólo se representan a ellos mismos, sino que representan a todas las personas que normalmente quedan al margen de la política, como los abuelos, los pobres o los inmigrantes”.

@unicef/Hugo_Palotto

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Tomando como referencia la propuesta del pedagogo italiano, el Área de Educación de la Diputación de Barcelona puso en marcha en 1997 las primeras experiencias urbanas de participación política en Cataluña: los consejos de infancia. Bajo la coordinación y el asesoramiento de Tonucci y Jaume Trilla, catedrático de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona, fueron inicialmente ocho las ciudades que apostaron por el empoderamiento infantil: Cardedeu, Granollers, Navarcles, el Prat de Llobregat, Rubí, Sant Feliu de Llobregat, Súria y Viladecans, a las que se unirían más tarde otros municipios como como Reus o Cambrils.

En los 20 años transcurridos desde entonces más de 60 municipios han constituido sus propios órganos de participación infantil. A nivel regional, además, se ha construido un marco jurídico que impulsa y consolida los consejos de infancia: la Ley 14/2010 de los derechos y las oportunidades en la infancia y la adolescencia de Cataluña, y el Decreto 200/2013, de 23 de julio, de los consejos de participación territorial y nacional de los niños y adolescentes de Cataluña. Unos días antes se firmaba “El Pacto por la Infancia” y, ya en 2014, se constituyó el Consejo Nacional de Niños y Adolescentes (CNIAC), único en su especie en el ámbito español y que abordaremos en un próximo artículo.

Estos y otros hitos históricos han sido recogidos en el libro Infància i participació política. Recull d’experiències de consells d’infants i/o adolescents a Catalunya, un esfuerzo colectivo codirigido por las profesoras Ana Novella y Asun Llena, de la Universidad de Barcelona. A partir de un extenso trabajo de campo, los dos grupos de investigación que han participado en el proyecto han trazado la radiografía más precisa hasta ahora de la participación infantil en Cataluña. En la actualidad existen 59 consejos activos, 5 de los cuales fueron creados en el último año, y al menos una docena de municipios cuenta con la voluntad política para formar sus propios órganos de participación, alguno de ellos ya en proceso de creación.

Sabemos cuantos hay, pero, ¿cómo funcionan?

Se trata de espacios de encuentro a los que una vez al mes acuden niños y niñas de entre 10 y 12 años. La mayoría de los consejos tiene entre 17 y 32 representantes que se reúnen durante una hora y media para hacer propuestas en busca de mejorar las condiciones de vida en su ciudad. Los consejos dependen del organigrama del ayuntamiento, normalmente de las concejalías de Educación, de Políticas Sociales o de Participación, y con menos frecuencia se subordinan a las de Infancia, Adolescencia y Juventud.

Casi todos los consejos son dinamizados por una o dos personas. En un 49% de los casos esa función recae sobre un técnico municipal y un 38% de los municipios cuentan con una persona contratada por una empresa de servicios. El 13% restante son dinamizados por voluntarios.

Prácticamente todos los consejos cuentan con un calendario preestablecido de reuniones que son convocadas mediante un correo electrónico dirigido a la familia y a la escuela, además de a los propios niños y niñas. En 29 casos las sesiones son conducidas por estos, mientras que en el resto son los adultos los que guían los debates.

La mitad de los consejos catalanes cuentan con temas de trabajo estables, entre los que destacan los derechos de la infancia, actividades festivas como la cabalgata de reyes, organización de eventos culturales o propuestas urbanísticas de mejora de los espacios urbanos. El 54% están representados en el CNIAC.

En cuanto a la capacidad de influencia de los consejos de infancia, el 71% considera que es mediana. Solo un 7% opina que los niños influyen de manera decisiva en las decisiones que afectan a la vida cotidiana del municipio.

¿Hacia dónde se dirigen?

Más allá de los datos porcentuales, existe una discusión de fondo sobre cuál debe ser la función primordial de los consejos de infancia. ¿Cuál debe predominar, la función política o la formativa? El posicionamiento de los autores del informe es claro: “El consejo de infancia es ante todo un órgano político”, sostiene Ana Novella en conversación telefónica. Sin embargo, “nos encontramos con que hay iniciativas que están más pensadas para la formación ciudadana que no para el ejercicio ciudadano”, apunta. “Aunque entendemos que son dos conceptos que no se pueden disociar, pensamos que debe predominar el reconocimiento de la infancia como agentes políticos, como ciudadanos activos en el presente, en el aquí y ahora con una responsabilidad política. Y en este proceso de hacer política se forman en ciudadanía”, concluye la investigadora.

¿Existe alguna singularidad específica del modelo catalán? Novella considera que uno de los elementos fundamentales del universo de la participación infantil en Cataluña es que, en origen, se propuso que cada municipio tuviese su propia singularidad; es decir, “que el órgano tomase una forma coherente y consistente para perdurar en el tiempo”. Al tratarse de un órgano vinculado al equipo de gobierno de cada ciudad, para mantener su independencia “se buscó que los niños se implicaran en su definición, que pudieran darle forma al incorporarse, definir las formas de participación y las acciones que impulsan”, recuerda la profesora de la UB.

De cara al futuro, el italiano Franceso Tonucci señalaba en Barcelona tres retos principales: el primero, reducir la edad de los niños que participan en los consejos de infancia. En segundo lugar, extender el modelo a otros entes sociales relacionados con los niños, como escuelas, centros deportivos, ludotecas, hospitales, museos, etc. Por último, que los nombramientos para ingresar en estos órganos se realizaran por sorteo y no por votaciones. “Si la política funciona tan mal”, dijo Tonucci, “¿por qué no cambiamos el modelo?”.

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