En la segunda entrega de la serie “Ciudades y niños” viajamos hasta Japón, donde un arquitecto reconocido internacionalmente está empeñado en cambiar la forma en que los adultos diseñan los espacios destinados a los niños.

“Trepaba a los árboles ágilmente. Era para él un ejercicio tan normal como andar. Nadar y correr no tenían secretos para él.” Rudyard Kipling, El libro de la selva

Vista de la guardería Fuji, en Japón, obra del arquitecto Takaharu Tezuka ©Tezuka Architects

Vista de la guardería Fuji, en Japón, obra del arquitecto Takaharu Tezuka ©Tezuka Architects

 

A diario recorre cuatro kilómetros, trepa a los árboles y juega con total libertad en un espacio abierto sin barreras físicas ni arquitectónicas. ¿Hablamos de Mowgli, el famoso niño indio protagonista de El Libro de la selva? No, nos referimos a cualquiera de los 500 niños y niñas que asisten cada día a la guardería Fuji, en Japón, un edificio en forma de óvalo con un perímetro de 183 metros situado cerca de Tokio.

Los niños necesitan un entorno físico donde puedan desenvolverse con espontaneidad de forma independiente”, asegura Takaharu Tezuka, arquitecto japonés que se ha ganado la admiración internacional con esta guardería. Convencido de que la arquitectura “es capaz de cambiar el mundo y la vida de las personas”, Tezuka está decidido a demoler los cimientos sobre los que se asientan el diseño y la arquitectura de los espacios infantiles.

Construida a partir del reconocimiento del derecho de los niños al juego y al aprendizaje, en este jardín de infancia no existen barreras físicas entre las aulas y el exterior y el techo forma parte del patio de recreo. Definida por muchos como la mejor guardería del mundo, para Tezuka se trata de “un intento de cambiar la vida de los niños”.

Resistentes al agua

Tres elementos destacan por encima de los demás en esta fascinante guardería. En primer lugar, el techo, diseñado como un circuito interminable del que asoman tres enormes zelkovas de 25 metros de alto por cuyas ramas trepan a diario niñas y niños emulando a Mowgli. El edificio tiene solo cinco metros de alto, con siete niveles, y el tejado es muy bajo por motivos de seguridad. Está pensado para que los niños jueguen, exploren. “Así pueden tomar decisiones”, afirma Tezuka, y de paso desarrollar condiciones atléticas, ya que algunos niños recorren más de 4.000 metros antes del almuerzo, “ocho veces más que en una guardería normal”.

La segunda característica es la ausencia de barreras físicas entre el espacio interior y el exterior, para que los niños pasen al aire libre el mayor tiempo posible. ¿Y si hace frío? Desde finales de noviembre hasta mediados de marzo se cierran las ventanas, afirma el arquitecto. ¿Y si llueve? Esta misma pregunta, según cuenta Tezuka al diario británico The Guardian, se la hizo un especialista que visitó la guardería. “En Japón”, respondió Tezuka, “cuando los niños se mojan, [la solución] es bastante simple: se cambian. Y no se disuelven con el agua. ¡Son mucho más resistentes que un iPhone!”.

Según el arquitecto japonés, la ausencia de límites físicos ayuda a reducir las divisiones psicológicas entre los niños y, por lo tanto, acaba con el fenómeno del bullying. “Cuando se forma un límite alrededor de un grupo, se genera una jerarquía”, dice Tezuka. Pero cuando ese límite desaparece, ya no hay bullying, porque no hay escondite”.

Ruido, por favor

El tercer elemento que hace de esta guardería un caso único en su especie es el ruido: al no haber una separación física entre las aulas, se eliminan las barreras acústicas. Para explicar por qué se trata de un espacio deliberadamente ruidoso, Tezuka recurre a una lógica aplastante. Discutible, sí, pero aplastante.

“Consideramos que el ruido es importante. Sabemos que los niños duermen mejor cuando hay ruido. No pueden dormir en un lugar silencioso. Y en esta guardería, los niños tienen muy buena concentración en clase. Sabemos que la humanidad creció en la jungla, con ruido. No hay razón para estar en silencio. En la selva, la ausencia de ruido es señal de que un depredador viene a comerte, por lo que el silencio equivale a peligro”.

Más allá de la guardería Fuji, Tezuka considera que “ha llegado el momento de abrir un amplio debate internacional sobre si la necesidad y los derechos de los niños a jugar y aprender de forma desinhibida son suficientemente comprendidos y tenidos en cuenta durante el proceso de diseño arquitectónico”. Según afirma en la entrevista en el Guardian, “los niños no encuentran desafíos en muchas guarderías donde los patios están cubiertos de plástico y todo es plano. Tal vez los niños se sientan seguros allí cuando son pequeños, pero están perdiendo la oportunidad de aprender a medida que crecen. ”

Y en ese proceso de aprendizaje, concluye el arquitecto japonés, no conviene sobreprotegerlos. “A veces necesitan caerse, lastimarse un poco. Con eso aprenderán cómo vivir en este mundo.”

 

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